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lunes, 12 de marzo de 2012

Sube a nacer conmigo hermano.

Dame la mano desde la profunda  zona de tu dolor diseminado.
No volverás del fondo de las rocas. No volverás del tiempo subterráneo.
No volverá tu voz endurecida. No volverán tus ojos taladrados.

Mírame desde el fondo de la tierra, labrador, tejedor, pastor callado:
domador de guanacos tutelares: albañil del andamio desafiado:
aguador de las lágrimas andinas: joyero de los dedos machacados:
agricultor temblando en la semilla: alfarero en tu greda derramado:
traed a la copa de esta nueva vida  vuestros viejos dolores enterrados.
Mostradme vuestra sangre y vuestro surco,  decidme: aquí fui castigado,
porque la joya no brilló o la tierra  no entregó a tiempo la piedra o el grano:
señaladme la piedra en que caísteis  y la madera en que os crucificaron,
encendedme los viejos pedernales,  las viejas lámparas, los látigos pegados
a través de los siglos en las llagas y las hachas de brillo ensangrentado.

Yo vengo a hablar por vuestra boca muerta.

A través de la tierra juntad todos  los silenciosos labios derramados
y desde el fondo habladme toda esta larga noche  como si yo estuviera con vosotros anclado,
contadme todo, cadena a cadena,   eslabón a eslabón, y paso a paso.
Afilad los cuchillos que guardasteis,  ponedlos en mi pecho y en mi mano,
como un río de rayos amarillos, como un río de tigres enterrados,
y dejadme llorar, horas, días, años,  edades ciegas, siglos estelares.

Dadme el silencio, el agua, la esperanza.
Dadme la lucha, el hierro, los volcanes.
Apegadme los cuerpos como imanes.
Acudid a mis venas y a mi boca.
Hablad por mis palabras y mi sangre.

domingo, 30 de enero de 2011

Oda a la critica


Yo escribí cinco versos: uno verde,
otro era un pan redondo,
el tercero una casa levantándose,
el cuarto era un anillo,
el quinto verso era corto como un relámpago
y al escribirlo me dejó en la razón su quemadura.

Y bien, los hombres, las mujeres,
vinieron y tomaron la sencilla materia,
brizna, viento, fulgor, barro, madera
y con tan poca cosa construyeron paredes, pisos, sueños,
En una línea de mi poesía secaron ropa al viento.
Comieron mis palabras, las guardaron
junto a la cabecera, vivieron con un verso,
con la luz que salió de mi costado.
 
Entonces, llegó un crítico mudo
y otro lleno de lenguas, y otros, otros llegaron
ciegos o llenos de ojos, elegantes algunos
como claveles con zapatos rojos,
otros estrictamente vestidos de cadáveres,
algunos partidarios del rey y su elevada monarquía,
otros se habían enredado en la frente
de Marx y pataleaban en su barba,
otros eran ingleses, y entre todos se lanzaron
con dientes y cuchillos, con diccionarios y
otras armas negras, con citas respetables,
se lanzaron a disputar mi pobre poesía
a las sencillas gentes que la amaban:
y la hicieron embudos, la enrollaron,
la sujetaron con cien alfileres,
la cubrieron con polvo de esqueleto,
la llenaron de tinta,
la escupieron con suave
benignidad de gatos,
la destinaron a envolver relojes,
la protegieron y la condenaron,
le arrimaron petróleo,
le dedicaron húmedos tratados,
la cocieron con leche,
le agregaron pequeñas piedrecitas, 
fueron borrándole vocales, fueron matándole
sílabas y suspiros, la arrugaron e hicieron
un pequeño paquete
que destinaron cuidadosamente
a sus desvanes, a sus cementerios,
luego se retiraron uno a uno
enfurecidos hasta la locura.
 
Porque no fui bastante popular para ellos
o impregnados de dulce menosprecio
por mi ordinaria falta de tinieblas,
se retiraron todos y entonces,
otra vez, junto a mi poesía volvieron a vivir
mujeres y hombres, de hicieron fuego,
construyeron casas, comieron pan,
se repartieron la luz
y en el amor unieron relámpago y anillo.
 
Y ahora, perdonadme, señores,
que interrumpa este cuento
que les estoy contando y me vaya a vivir
para siempre con la gente sencilla.

Déjame sueltas las manos

Déjame sueltas las manos
y el corazón, déjame libre!
Deja que mis dedos corran
por los caminos de tu cuerpo.
La pasión —sangre, fuego, besos—
me incendia a llamaradas trémulas.
Ay, tú no sabes lo que es esto!

Es la tempestad de mis sentidos

doblegando la selva sensible de mis nervios.
Es la carne que grita con sus ardientes lenguas!
Es el incendio!
Y estás aquí, mujer, como un madero intacto
ahora que vuela toda mi vida hecha cenizas
hacia tu cuerpo lleno, como la noche, de astros!

Déjame libre las manos

y el corazón, déjame libre!
Yo sólo te deseo, yo sólo te deseo!
No es amor, es deseo que se agosta y se extingue,
es precipitación de furias,
acercamiento de lo imposible,
pero estás tú,
estás para dármelo todo,
y a darme lo que tienes a la tierra viniste—
como yo para contenerte,
y desearte,
y recibirte!

Si tu me olvidas


Quiero que sepas una cosa.
Tu sabes cómo es esto: si miro la luna
De cristal, la rama roja del lento otoño
en mi ventana, si  toco junto al fuego
la implacable ceniza o el arrugado cuerpo
de la leña. Todo me lleva a ti, como si
todo lo que existe, aromas, luz, metales,
fueran  pequeños barcos que navegan
hacia las islas tuyas que me aguardan.

Ahora bien, si poco a poco dejas de
quererme, dejare de quererte poco a poco.
Si de pronto me olvidas no me busques que
ya te habré olvidado. Si consideras largo
y loco el viento de banderas que pasa por
mi vida y te decides a dejarme a la orilla
del corazón en que tengo raíces, piensa que
en ese día, a esa hora levantare los brazos
y saldrán mis raíces a buscar otra tierra.

Pero si cada día cada hora sientes que
a mi estas destinada con dulzura implacable.
Si cada día sube una flor a tus labios
a buscarme, ay amor  mío, ay mía, en ti todo
ese fuego se repite, en mi nada se apaga ni
se olvida, mi amor se nutre de tu amor,
amada, y mientras vivas estaré en tus
brazos sin salir de los míos.

miércoles, 22 de diciembre de 2010

Me gusta cuando callas

Me gustas cuando callas porque estás como ausente,
y me oyes desde lejos, y mi voz no te toca.
Parece que los ojos se te hubieran volado
y parece que un beso te cerrara la boca.
.
Como todas las cosas están llenas de mi alma
emerges de las cosas, llena del alma mía.
Mariposa de sueño, te pareces a mi alma,
y te pareces a la palabra melancolía.
.
Me gustas cuando callas y estás como distante.
Y estás como quejándote, mariposa en arrullo.
Y me oyes desde lejos, y mi voz no te alcanza:
Déjame que me calle con el silencio tuyo.
.
Déjame que te hable también con tu silencio
claro como una lámpara, simple como un anillo.
Eres como la noche, callada y constelada.
Tu silencio es de estrella, tan lejano y sencillo.
.
Me gustas cuando callas porque estás como ausente.
Distante y dolorosa como si hubieras muerto.
Una palabra entonces, una sonrisa bastan.
Y estoy alegre, alegre de que no sea cierto.

A todos, a vosotros


A todos, a vosotros,
los silenciosos seres de la noche
que tomaron mi mano en las tinieblas, a vosotros,
lámparas
de la luz inmortal, líneas de estrella,
pan de las vidas, hermanos secretos,
a todos, a vosotros,
digo: no hay gracias,
nada podrá llenar las copas
de la pureza,
nada puede
contener todo el sol en las banderas
de la primavera invencible,
como vuestras calladas dignidades.
Solamente
pienso
que he sido tal vez digno de tanta
sencillez, de flor tan pura,
que tal vez soy vosotros, eso mismo,
esa miga de tierra, harina y canto,
ese amasijo natural que sabe
de dónde sale y dónde pertenece.
No soy una campana de tan lejos,
ni un cristal enterrado tan profundo
que tú no puedas descifrar, soy sólo
pueblo, puerta escondida, pan oscuro,
y cuando me recibes, te recibes
a ti mismo, a ese huésped
tantas veces golpeado
y tantas veces
renacido.
A todo, a todos,
a cuantos no conozco, a cuantos nunca
oyeron este nombre, a los que viven
a lo largo de nuestros largos ríos,
al pie de los volcanes, a la sombra
sulfúrica del cobre, a pescadores y labriegos,
a indios azules en la orilla
de lagos centelleantes como vidrios,
al zapatero que a esta hora interroga
clavando el cuero con antiguas manos,
a ti, al que sin saberlo me ha esperado,
yo pertenezco y reconozco y canto.