viernes, 25 de febrero de 2011

La tarde trajo a mi mente un cielo de tambores lejanos
Un sonar de caracolas marinas
Y un espectáculo multicolor de una batalla de flores.
Ah, pero tengo los ojos llenos de luna
Y unos árboles que no son míos
Esta no es mi luna
Estás no son mis palmeras
Y esta brisa arisca no es mi brisa
La de mi tierra levanta faldas y polvorín
Mis palmeras cabecean al son del mar.
Hay que triste es la luna lejos del mar
¿Donde se ha de mirar?
Que tristes las palmeras si no escuchan el estruendo estremecedor del mar
Pero... ¿Qué es de mí sin esta luna
Estas palmeras y este mar?
 Tengo una mariposa de alas negras
 Manchadas de sangre
medio limón mortalmente herido por mis deseos
una navaja que no me obedece
un radio que no dice lo que quiero escuchar
un reloj que no marca las horas en que vivo
una tarde lluviosa que no es mía
 unos ojos al borde el llanto
una angustia que no es desencanto
un árbol que quiere volar lejos al ver lo que en esta tierra está pasando
una vara de fuego contra los espantadores y el espanto
un deseo inmenso de despertar
unas ganas de verte chiquilla
sonriendo por nuevos caminos cantando.

jueves, 24 de febrero de 2011

Como se salvo Wang-Fô. (fragmento--Cuentos Orientales)

...Hacía años que Wang-Fô soñaba con hacer el retrato de una princesa de antaño tocando el laúd bajo un sauce. Ninguna mujer le parecía lo bastante irreal para servirle de modelo, pero Ling podía serlo, puesto que no era una mujer. Más tarde, Wang-Fô habló de pintar a un joven príncipe tensando el arco al pie de un alto cedro. Ningún joven de la época actual era lo bastante irreal para servirle de modelo, pero Ling mandó posar a su mujer bajo el ciruelo del jardín. Después, Wang-Fô la pintó vestida de hada entre las nubes de poniente, y la joven lloró, pues aquello era un presagio de muerte. Desde que Ling prefería los retratos que le hacía Wang-Fô a ella misma, su rostro se marchitaba como la flor que lucha con el viento o con las lluvias de verano. Una mañana la encontraron colgada de las ramas del ciruelo rosa: las puntas de la bufanda de seda que la estrangulaba flotaban al viento mezcladas con sus cabellos; parecía aún más esbelta que de costumbre, y tan pura como las beldades que cantan los poetas de tiempos pasados. Wang-Fô la pintó por última vez, pues le gustaba ese color verdoso que adquiere el rostro de los muertos. Su discípulo Ling desleía los colores y este trabajo exigía tanta aplicación que se olvidó de verter unas lágrimas...
 ...Durante el día, sentado en una alfombra cuyo dibujo me sabía de memoria, reposando la palma de mis manos vacías en mis rodillas de amarilla seda, soñaba con los goces que me proporcionaría el porvenir. Me imaginaba al mundo con el país de Han en medio, semejante al llano monótono hueco de la mano surcada por las líneas fatales de los Cinco Ríos. A su alrededor, el mar donde nacen los monstruos y, más lejos aún, las montañas que sostienen el cielo. Y para ayudarme a imaginar todas esas cosas, yo me valía de tus pinturas. Me hiciste creer que el mar se parecía a la vasta capa de agua extendida en tus telas, tan azul que una piedra al caer no puede por menos de convertirse en zafiro; que las mujeres se abrían y se cerraban como las flores, semejantes a las criaturas que avanzan, empujadas por el viento, por los senderos de tus jardines, y que los jóvenes guerreros de delgada cintura que velan en las fortalezas de las fronteras eran como flechas que podían traspasarnos el corazón. A los dieciséis años, vi abrirse las puertas que me separaban del mundo: subí a la terraza del palacio a mirar las nubes, pero eran menos hermosas que las de tus crepúsculos. Pedí mi litera: sacudido por los caminos, cuyo barro y piedras yo no había previsto, recorrí las provincias del Imperio sin hallar tus jardines llenos de mujeres parecidas a luciérnagas, aquellas mujeres que tú pintabas y cuyo cuerpo es como un jardín. Los guijarros de las orillas me asquearon de los océanos; la sangre de los ajusticiados es menos roja que la granada que se ve en tus cuadros; los parásitos que hay en los pueblos me impiden ver la belleza de los arrozales; la carne de las mujeres vivas me repugna tanto como la carne muerta que cuelga de los ganchos en las carnicerías, y la risa soez de mis soldados me da náuseas. Me has mentido, Wang-Fô, viejo impostor: el mundo no es más que un amasijo de manchas confusas, lanzadas al vacío por un pintor insensato, borradas sin cesar por nuestras lágrimas. El reino de Han no es el más hermoso de los reinos y yo no soy el Emperador. El único imperio sobre el que vale la pena reinar es aquel donde tú penetras, viejo Wang-Fô, por el camino de las Mil Curvas y de los Diez Mil Colores. Sólo tú reinas en paz sobre unas montañas cubiertas por una nieve que no puede derretirse y sobre unos campos de narcisos que nunca se marchitan.  Y por eso, Wang-Fô, he buscado el suplicio que iba a reservarte, a ti cuyos sortilegios han hecho que me asquee de cuanto poseo y me han hecho desear lo que jamás podré poseer...

lunes, 21 de febrero de 2011


Porque te atas a mí, con pasión desesperada y 
aun cuando salto al vacío... no me dejas libre.

viernes, 4 de febrero de 2011

Si dejas...


Si dejas conducirte  a la ceremonia del té
 si dejas que te quite las zapatillas en el umbral
si dejas que entremos de la mano en puntillas
si dejas el agua hirviendo en el caldero
si dejas que lleve unos versos para leerte
escuchara el rumor del mar en el brasero.

Si logras olvidar como respiras
 si logras no mirar mientras me miras
si logras templar el arco sin prisa
si logras mover como nubes las manos
 si logras atisbar en los arcanos
podrás flotar libre sobre la brisa.

Si intentas besarme mientras reposo
si intentas yacer desnuda a mi lado
si intentas un movimiento dudoso
 si intentas velarme con desenfado
si intentas atarme a tu cabello
hallaras que no impido nada de ello.

Como se de tus dudas y temores
Como se de tus dones y amores
Como se que te irás sin dejar trazos
como se del silencio en tu remanso
como se que añoras en tu descansó
me lanzare a ciegas...
entre tus brazos.